En el centro de la ciudad, en una casa
que no destacaba particularmente, un ocho de agosto se llenó de pura
alegría y paz. Por la puerta un matrimonio feliz entraba con su
primogénita, una niña de pelo rubio y de unos grandes ojos azules
verdosos culminaba su alegría. Un año después nació otra niña
que hacia las delicias de su hermana. La primera chiquilla era
tranquila y constante, era pura paz e inocencia, en contrapunto a su
hermana pequeña que era un pequeño torbellino de nervios.
Leslie tuvo una infancia feliz, y un
día llego la tan ansiada carta a la escuela más prestigiosa del
lugar. Su primer año pasó sin incidentes, estaba nerviosa, pero
consiguió hacer unos pocos amigos, aunque pasó más bien
desapercibida. Al año siguiente, entraría su hermana en la escuela,
y eso la alegraba bastante. Un día, cuando su hermana se sentó a su
mesa, le presento a una chica de ojos felinos, que sonrió
ampliamente al verla. Había notado en ella una luz que brillaba sin
querer, temerosa. Pero brillaba con fuerza, daba esperanzas. Megan no
podía esperar a ver cómo esa luz se haría tan grande como el
mismísimo sol. Ella lo sabia, sabia que Leslie podría con casi
cualquier cosa, sabia que, llegaría un día en el que esa luz que
brillaba temerosa, recubriría a Leslie y haría que cualquier miedo
y duda se disipasen. Un día, Megan y Leslie se encontraron frente a
un peligro inmenso y , Leslie, impulsada por aquella luz que brillaba
temerosa, les salvó. Ella quiere ser medimaga, lo que aún no ha
terminado de comprender, es que su simple presencia ya es curativa.
Cura almas, y tranquiliza inquietudes. Es capaz de parar las
maldiciones letales, y es capaz de hacer que lo más peligroso
parezca inofensivo. Es por esa luz. Hace poco, Megan vio esa luz
brillar decidida, y adoró cada pequeña partícula luminosa que
salía de ella, porque , vio a Leslie creer en esa luz, reconocer que
ahí estaba e hizo que los demás supiesen lo valiosa que es Leslie
Abbott.

0 comentarios:
Publicar un comentario